Trabajo en el Cerro Ehécatl (de Ecatepec)

Estado de México, 26 marzo 2014. A partir de las labores que hemos realizado en montañas y centros de poder espiritual, nos hemos dado cuenta de que las formaciones piramidales y los montículos son especie de “antenas” que nos conectan con la energía principal de nuestro planeta. Desde siempre, importantes macizos de rocas y tierra han sido relacionados con la elevación de la espiritualidad, y son precisamente estos lugares donde nuestros Maestros han guiado por siglos el destino de nosotros, los seres humanos. Estos recintos poseen energía de vibración tal, capaz de producir cambios benéficos para liberarnos de emociones indeseadas. También, estos montes poseen cualidades magnéticas especiales por lo que, a menudo, están protegidos por seres espirituales de gran nivel, y pueden contener en su interior generadores de energía negativa, mismos que fueron instalados por líderes del camino oscuro. Para nosotros, estas montañas sagradas representarían “moléculas de Dios”, eslabones que enlazan la energía de nuestro planeta con la divinidad.

El Iztaccíhuatl es una montaña sagrada para los mexicanos

Lista de montañas en el mundo consideradas centros de poder (Wikipedia)

Trabajo de liberación. Por tal motivo, en esta fecha fuimos a realizar una meditación al Cerro Ehécatl, en la Sierra de Guadalupe, al norte de la inmensa Ciudad de México (zona de Ecatepec). Esta serranía está considerada por muchos como una zona de avistamientos y de fenómenos paranormales (los Maestros confirmaron que aquí hay una base extraterrestre del camino blanco -a diferencia de otros lugares en nuestro país donde las bases de naves espaciales pertenecen a los Estados Unidos, por dar un ejemplo).

Avistamientos en la Sierra de Guadalupe (en la zona de Ecatepec)

A trabajar se ha dicho. Los Maestros nos habían dicho que realizaríamos dos meditaciones en las montañas de esta zona, así que en este primer trabajo nos dirigimos a meditar a la base del Cerro Ehécatl en el lado norte y, después, nos movimos a su lado este. Mientras Sharover hacía peticiones a Dios, Ramavayán ejecutaba sus movimientos mágicos y trabajaba en las petitorias personales que le iban llegando a la mente. Pedimos por la limpieza energética de este lugar, así como de los enlaces energéticos que nos enlazan con éste y otros sitios a los que nos mandan a trabajar nuestros Guías Espirituales. Siempre que hemos ido a realizar meditaciones, la propia energía –nuestros enlaces- comienzan a afectarnos (pensamos que para poder liberarla).

El resultado. “Lo partimos en dos, lo hicimos pedazos” –explicó nuestro líder a Sharover al terminar la meditación que acabábamos de hacer. Después de integrar nuestra energía unos veinte minutos, caminamos hacia el automóvil y nuestro líder comenzó a sentirse mal, razón por la cual Sharover aceleró el paso. “Siento una energía que me pesa, pero como que no es mía” –le explicaba a Sharover mientras éste se apuraba lo más que podía para regresar hacia la casa del Maestro.

El dolor que sentía Ramavayán era en el hombro izquierdo, y se sentía muy cansado; pero este malestar cesó cuando se despidió de Sharover. Al preguntar al día siguiente a los Maestros sobre el porqué de esta situación, nuestros Guías Espirituales confirmaron que este dolor “era energía de Mefistófeles”. Al parecer este ser -con quien hemos tenido que convivir en esta vida- tenía un enlace importante con el cerro Ehécatl* de Ecatepec. “Muchas personas se van a enfermar a raíz de que limpiamos este sitio” –comentó Ramavayán acerca del trabajo. “Los Maestros me confirmaron que hay otro cerro en esa serranía que tiene energía de maldad similar, por lo que más adelante vamos a tener que limpiarlo” –dijo. Posteriormente conoceríamos el nombre del otro cerro que tenemos que purificar, y que es el “Santa María”.

*Nota: Hay otro cerro “Ehécatl” al que iríamos a trabajar pronto, que está en Altacomulco, del otro lado del Estado de México.

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*Ehécatl (náhuatl: ´el viento´) en la mitología mexica y para otras culturas de Mesoamérica, era el dios del viento. Usualmente se le interpreta como una de las manifestaciones de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, tomando el nombre de Ehécatl-Quetzalcóatl, apareciendo en el aliento de los seres vivos y en las brisas que traen las nubes con lluvia para los sembradíos. Es uno de los dioses principales de la creación y héroe cultural en las mitologías de creación del mundo. Su aliento inicia el movimiento del Sol, anuncia y hace a un lado a la lluvia. Trae vida a lo que está inerte. Se enamoró de una muchacha humana llamada Mayáhuel, y le dio a la humanidad la habilidad de amar para que ella pudiera corresponderle su pasión. Su amor fue simbolizado con un hermoso árbol, el cual crece en el lugar en el que llegó Ehécatl a la tierra. Según el mito azteca, luego de la creación del quinto sol, éste estaba fijo en un punto del cielo, al igual que la luna, hasta que Ehécatl soplo sobre ellos y los puso en movimiento. Usualmente era representado con una máscara bucal roja en forma de pico. Con ella limpiaba el camino para Tláloc, dios de la lluvia, y los Tlaloque, dioses menores de la lluvia. En ocasiones se le representaba con dos máscaras, tiene un caracol en el pecho, pues el viento es usado para tocar el caracol, y asemeja el sonido del viento; Sus templos normalmente tenían forma circular, para tener menor resistencia al viento y ayudar a su circulación. A veces se le asociaba con los cuatro puntos cardinales, pues el viento viene y va en todas direcciones (tomado de www.wikipedia.org).